Autores1:

Álvarez, Blanca; Bazán, Claudia Iris; Boveda, Fernando; Lado, Gisela C.;

1 Integrantes del proyecto “Narrativas del desamparo: conformismo, mesianismo, opciones críticas” (Programación Científica UBACyT 2008-2010, Código y Nº P058)

OBJETIVOS

El acercamiento a diferentes experiencias vinculadas a los problemas habitacionales de los sectores más pauperizados, ya sea desde el ámbito estatal o provincial, como del trabajo cooperativo o de ONGs afectadas a esta temática, nos llevó a reflexionar desde una perspectiva teórica acerca de la construcción de identidad implicada en estos procesos, y los diversos modos de participación, tanto del grupo o la comunidad, como así también del psicólogo/a social. En el presente artículo se realiza una exploración teórica, desde la psicología social latinoamericana –aunque no exclusivamente- a fin de dar cuenta de la relevancia que la participación tiene para los actores sociales de los sectores más desprotegidos en los procesos de inclusión social. En palabras de Freire (2009), uno de los más destacados pedagogos del siglo XX: “Sólo cuando los oprimidos descubren nítidamente al opresor y se comprometen en la lucha organizada por su liberación, empiezan a creer en sí mimos, superando así su complicidad con el régimen opresor” (pp. 62). Reflexión y acción son los pilares de una posición comprometida y subjetivizante desde la mirada del autor brasilero y desde nuestra propia mirada.

Eje y área teórico práctica: Salud Colectiva: organización y participación popular. Psicología social latinoamericana.

 

LA PSICOLOGÍA SOCIAL LATINOAMERICANA

La psicología social latinoamericana se interesó por analizar las distintas configuraciones que el poder adquirió en América Latina, con el objeto de contribuir a la transformación de las sociedades, grupos e individuos, así como sus relaciones. Todas sus expresiones coinciden en presentar al ser humano como un sujeto activo, que construye la realidad en que vive y en la cual sería deseable que viviera (Robertazzi, 2007).

En toda relación humana el poder está siempre presente desde múltiples formas y expresiones: “nunca se está fuera” (Foucault, 1992, en Montero, 2006, pp. 32). La psicología social comunitaria en América Latina se inserta en comunidades marginales, desposeídas de los beneficios sociales y del poder, donde se genera una posición asimétrica de relación, reforzándose uno de los procesos propios de las estructuras sociales: la naturalización o no sujeción de estas estructuras a exámenes críticos.

Uno de los principios básicos de la psicología social comunitaria es promover el control y el poder del lado de la comunidad, de modo que ésta los despliegue para el logro de las transformaciones deseadas (Montero, 2006). El poder implica un diferencial de recursos. Quienes tienen más recursos (económicos, afectivos e intelectuales, entre otros), tienen más poder. Sin embargo, enfatiza Montero, todos los individuos tienen algún recurso; por eso “El objetivo de la psicología social comunitaria es catalizar la organización y las acciones necesarias para que la comunidad use sus recursos, reconozca y emplee el poder que tiene, o bien busque otros recursos y desarrolle nuevas capacidades, generando así el proceso desde sí misma” (2006, pp: 35).

Un agente que carece del acceso a ciertos recursos, debería antes que nada, construir la situación de desigualdad a través del proceso de concientización (Freire, 2009), para luego identificar dichos recursos. Esta acción generará un cambio social porque la relación de poder es tanto un asunto del que domina el recurso, como del que siente la desigualdad. “Hasta el momento en que los oprimidos no toman consciencia de las razones de su estado de opresión, aceptan ‘fatalistamente’ su opresión” (Freire, 2009, pp 62). Sólo a partir de la toma de consciencia de la asimetría, pueden asumir una posición activa, de lucha por la conquista de su libertad y de su afirmación en el mundo.

Para que se manifieste un cambio social es ineludible que no sólo se produzca una alteración en las relaciones de poder sino que dichas transformaciones se enmarquen en un contexto de democracia participativa; las acciones psicosociales comunitarias de reflexión, planificación y decisión, poseen un carácter democrático y político. La democracia representativa se constituye como una de las vías para la atención de las necesidades de la población a quien brinda un espacio para ser escuchada por las instancias de poder. El camino de la representatividad en democracia facilita el reclamo de la población, sin embargo no es suficiente para quienes no están representados. El advenimiento de una democracia participativa como complementaria a la primera, cooperará en la visibilidad de una comunidad cuya imagen y voz estaban invisibilizadas y silenciadas.

Lograr que en materia de lucha por el reconocimiento, las acciones de la comunidad alcancen la mayor visibilidad posible, contribuye a instalar un conflicto coherente y organizado, que es motor del cambio y transformación social. A mayor visibilidad, mayor expresión y fuerza de propagación para la negociación y consolidación de ese desarrollo local (Hernández 1996), instalándose la comunidad como una minoría activa, artífice tanto de su propia transformación, como del contexto en que está inmersa (Montero, 2006).

EL ROL DEL PSICÓLOGO SOCIAL

Desde la mirada del psicólogo/a social implicado/a en el trabajo comunitario: ¿cómo saber cuando se está frente a una problemática social, y al mismo tiempo no caer en la falsa creencia, por cierto reduccionista, de que si para nosotros determinada realidad representa un problema también lo debe ser para el otro? La democracia participativa cuestiona el rol asimétrico profesional, definiéndolo en cambio como un catalizador, un facilitador del cambio social. El profesional no debe trabajar para el oprimido, sino con él, implicándose en una lucha conjunta que lleve al mutuo crecimiento. La autoconciencia que la comunidad tenga de sus capacidades y necesidades, le permitirá por la vía de la autogestión, optimizar sus recursos y desechar propuestas inútiles (Freire, 2009).

Quienes trabajan en la comunidad están inmersos, entre otras categorías, en las representaciones sociales, que son imágenes que condensan conjuntos de significados, sistemas de referencia que permiten interpretar lo que sucede y dar sentido a lo inesperado (Jodelet, 1988). Las representaciones posibilitan visualizar situaciones, fenómenos e interacciones humanas. Por ser modelos imaginarios de evaluación, categorización y explicación de la relación entre agentes sociales, y dado que implican normativas y acciones de los mismos, permiten una lectura particular de un colectivo, de una realidad compartida. Los psicólogos/as deben estar advertidos/as de sus propias representaciones sociales para no sesgar de manera inconsciente lo que observan.

Se vuelve indispensable conocer, en primer lugar, los factores culturales, sociales y simbólicos, implicados en los procesos de subjetivación y organización de una comunidad, es decir, cómo han construido su relación con el medio, y los procesos de conciencia en que han participado (Álvaro, 1999). El emergente a tratar como problemática social debe ser consecuente con dicha realidad, de no ser así, se corre el riesgo de caer en una parcialización errónea del conocimiento psicosocial: abordar al otro, mirarlo, analizarlo, sólo desde la perspectiva de uno (Montero, 1996).

Los verdaderos procesos de transformación social son aquellos que nacen desde la comunidad local, y se caracterizan por expandir la capacidad productiva y creadora de los actores sociales implicados. Estos deben asumir la plena conciencia del poder que ejercen sus pensamientos y acciones en la organización de la realidad que experimentan.

Reconocer la dimensión política y de poder que los atraviesa, pero que fundamentalmente y al mismo tiempo ejercitan; los puede llevar a querer modificar el decurso de sus propias prácticas, a desarrollar nuevas estrategias, a veces conflictivas, para el manejo de recursos y formas de gestión, que impulsen planes y proyectos autogestivos que beneficien a los pobladores de dicha comunidad (Hernández, 1996). Por eso, es importante impulsar el desarrollo local como espacio de participación y transformación social (Freire, 2009; Hernández,1996; Martín-Baró, 1989; Montero, 2006). Esto implica, por otra parte, asumir la descentralización de los planes nacionales como esenciales y único medio para la resolución de problemas (Castells, 1979).

Según Gergen (en Morales González, 2006) la vida es un acontecimiento narrativo, por eso las subjetividades pueden ser leídas. El trabajo que realiza el/la psicólogo/a social se centra en leer la diversidad de los distintos puntos de vista que existen dentro de una cultura que vincula los valores, las representaciones sociales de ese entorno social, la socialización y el poder legitimado de las instituciones (Doise y Clemence, 1996). Además, en su práctica la/el psicóloga/o social, puede asumir y acompañar el reto del desarrollo local. Trabajar “con” y “desde” la comunidad en el reconocimiento de necesidades que impulsen movimientos y proyectos de carácter reivindicativo, y generar respuestas que aporten soluciones en base a los intereses de la propia comunidad, favoreciendo así los procesos de subjetivación y desarrollo local-social (Freire, 2009; Hernández, 1996).

Martín Baró (1987) escribió con relación al tema de la cultura de la pobreza: “La cultura de la pobreza es algo más que la pobreza; es un estilo de vida que florece en un determinado contexto social (…). Representa un esfuerzo para manejar los sentimientos de impotencia y desesperación que se desarrollan ante la comprobación de que es improbable tener éxito siguiendo los valores y fines de la sociedad más amplia” (p.147).

La psicología social no controla la realidad, pero ayuda a la comprensión de la calidad de vida en sus aspectos de mediación subjetiva. La cultura de la pobreza implica un modo de “ser de las cosas en el mundo” (Montero, 2006, pp. 34) que produce no sólo una cotidianidad dañina para los grupos sociales sino que afecta directamente al autoconcepto del sujeto, despojándolo de rasgos y capacidades que lo beneficien individual y colectivamente (Freire, 2009; Martín-Baró, 1989, Montero, 2006). Por eso la función del psicólogo/a es contribuir a desnaturalizar ese modo de ser.

CONCLUSIONES

Freire (2009), con la autoridad de quien ha luchado por los oprimidos y ha sufrido la prisión y el exilio por esta razón, es muy crítico con aquellos que trabajan para revertir las situaciones de dominación imponiendo sus propias determinaciones; con la falsa idea de que hay sabios absolutos e ignorantes absolutos. Esta actitud convierte a los oprimidos en objetos, en ‘cosas’ que se pueden manipular. Al hacerse cargo ‘los benefactores’ de la lucha por la liberación de los oprimidos, al no ‘darles la palabra’ como diría Foucault (1992) llevan consigo sus prejuicios, sus deformaciones y, entre ellas, la desconfianza en el pueblo. Desconfianza en que el pueblo sea capaz de pensar correctamente, de querer, de saber” (Freire, 2009). La concientización y consecuente libración de los oprimidos nunca puede ser producto del adoctrinamiento o manipulación por parte de otros, sino que el sujeto debe hallar por sí mismo su camino.

Los líderes no pueden ser los únicos capaces de actuar y reflexionar, mientras reducen a la comunidad a simple ejecutora de sus determinaciones. El verdadero compromiso con los actores sociales involucrados, implica reconocerles un papel fundamental en el proceso de transformación, sin por ello perder la responsabilidad coordinadora. Lo contrario es reducirlos a la manipulación. Los líderes, al imponer su palabra -su propia narrativa- la tornan falsa, en la medida que se erigen como únicos dueños del saber. Instalan una contradicción entre lo que quieren hacer –generar dignas condiciones de vida – y lo que verdaderamente hacen. La acción de los líderes sólo será liberadora si da espacio a los beneficiarios de su acción para que reflexionen y tomen las riendas de su propia liberación (Freire, 2009). Como sostienen Santillán y col. (1998) “La medida del éxito para los psicólogos será el volverse innecesarios para la comunidad porque ésta se ha vuelto capaz de resolver sus problemas, atender sus necesidades y producir los cambios necesarios” (en Ferullo, 2000, pp. 177).

BIBLIOGRAFÍA
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http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1413-294X1999000100009. Recuperado.

– Castells, Manuel: ciudad, democracia y socialismo. Siglo XXI, México, 1979.

– Doise y Clemence, (1996) La problemátique des droits humains et la psychologie sociale. Connexions, Nº 67. En Campos, R. H. F Psicologia social y derechos humanos

– Ferullo, A. G. (2000). Recorridos en Psicología Social Comunitaria. Programa de Investigación CIUNT, Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Tucumán.

– Freire, P. (2009). Pedagogía el oprimido. Argentina: Siglo XXI (1ra edición, 1970).

– González Rey, F (2004) La crítica en la psicología latinoamericana y su impacto en los diferentes campos de la psicología. En Revista interamericana de psicología – Vol 38 Año 2004.

– Hernández, Eneiza (coord.): Participación, ámbito, retos y perspectivas, Caracas, CESAP, 1996, Cap. La comunidad como ámbito de participación. Un espacio para el desarrollo local, pp. 21-44.

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-Montero, Maritza (2006). Teoría y práctica de la Psicología Comunitaria. La tensión entre comunidad y sociedad. Buenos Aires, Paidós.

-Montero, Maritza:”Ética y política en Psicología. Dimensiones no reconocidas”. Recuperado el 20 de enero de 2003, de www.antalaya.uab.es, 1996.

– Morales González, J. (2006) Athenea Digital. Revista de Pensamiento e Investigación Social. N° 9. http://antalya.uab.es/athenea/num9/TMorales.htm (recuperado el 07/09/2010).

– Robertazzi, M. (2007). Psicología social latinoamericana: una respuesta neoparadigmática (ficha de la Cátedra Psicología Social II, Facultad
de Psicología, UBA).

 

 

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