autora: Blanca Estela Álvarez

Yo, superyó, ello

En la parte I a. se puntuó algunos aspectos relacionado con la primera tópica freudiana. Recordemos que la diferencia efectiva que Freud presenta entre una representación (una pensamiento) inconciente y una preconciente es que la primera se lleva a cabo en algún material no conocido, mientras que a la segunda se le añade la conexión representaciones-palabra. Entonces, ¿cómo algo deviene preconciente? “por conexión con las correspondientes representaciones-palabra” (Freud, 1923:22).

Las representaciones-palabra son restos mnémicos que pueden devenir concientes; estos restos de la palabra provienen de percepciones acústicas, dándole un origen sensorial para el sistema preconciente. El papel de las representaciones-palabra es de mediación, por ella los procesos internos de pensamiento se convierten en percepciones.

La segunda tópica freudiana lo integran el yo, superyo y ello. El yo se asienta como una superficie sobre un ello psíquico no conocido e inconciente (individuo), es decir el yo es la parte alterada por la influencia directa del mundo exterior, con mediación del preconciente; como representante de lo que puede llamarse razón y prudencia, al yo le es asignado el gobierno sobre los accesos a la motilidad; él es sobre todo una esencia-cuerpo: “no es sólo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una superficie” (p. 27).

Freud hace una distinción en el interior del yo y lo llama ideal-yo o superyó, y afirma que la sustitución que se produce en la melancolía (patología producida por causa de un objeto perdido imposible de aceptar que se erige en el yo) de una investidura de objeto por una identificación, participa en la conformación del yo y contribuye a la producción del carácter. El autor sostiene que en la fase primitiva oral es imposible distinguir investidura de objeto e identificación (p. 31); más tarde las investiduras de objeto partirán del ello, integrando las aspiraciones eróticas a las necesidades.

En la génesis del ideal del yo se esconde la identificación primera: identificación con los progenitores de la prehistoria personal. Por ende, el superyó no es un simple residuo de las primeras elecciones de objeto del ello, sino que tiene la significatividad de una enérgica formación reactiva frente a dichas elecciones. Su vínculo con el yo comprende la advertencia: “así (como el padre) debes ser”, y la prohibición: “así (como el padre) no te es lícito ser”, es decir “no puedes hacer todo lo que él hace” (p. 36). Esta doble faz del ideal del yo deriva de estar empeñado en la represión del complejo de Edipo. Al discernir en los progenitores el obstáculo para la realización de los deseos del Edipo, el yo infantil se fortalece erigiendo dentro de sí ese obstáculo.

El superyo sostiene Freud, conserva el carácter del padre y su génesis es el resultado de dos factores biológicos: el desvalimiento y dependencia durante la infancia y el complejo de Edipo: mediante la institución del ideal del yo, el yo se apodera del complejo de Edipo y simultáneamente se somete al ello. En consecuencia, el yo es representante del mundo exterior y el superyó es abogado del mundo interior (ello) y los conflictos que se establezcan entre ambos reflejarán la oposición entre lo real (mundo exterior) y lo psíquico (mundo interior) (p. 38).

El ideal del yo como formación sustitutiva de la añoranza del padre, contiene el germen a partir del cual se formaron las religiones. El sentir religioso de la humillación es resultado de un juicio sobre la propia insuficiencia en la comparación del yo y de su ideal. Los maestros, autoridades, retoman el papel del padre; sus mandatos y prohibiciones permanecen vigentes en el ideal de yo y ejercen como conciencia moral, la censura. El sentimiento de culpa se define como la tensión entre las exigencias de la conciencia moral y las operaciones del yo.

De los sentimientos sociales Freud dirá que éstos descansan en identificaciones con otros sobre un fundamento compartido que constituye el ideal del yo; nacen “en el individuo como una superestructura que se eleva sobre las mociones de rivalidad y celos hacia los hermanos y hermanas” (p. 39). Puesto que la hostilidad no se puede satisfacer, se establece una identificación con el rival.

Freud afirma que el yo se enriquece a partir de las experiencias de vida que le vienen de afuera, y el ello es su otro mundo que procura someter. Hay dos caminos posibles para que el contenido de éste último penetre en el yo: uno es directo y el otro es a través del ideal del yo. El yo hace posible que el ello experimente un destino exterior.

Existen tres servidumbres a los que el yo está sometido que generan amenazas de tres clases de peligro: de parte del mundo exterior, de la libido del ello y de la severidad del superyó. Como genuino almácigo de la angustia frente a la amenaza de las tres clases de peligro, el yo “desarrolla el reflejo de huida retirando su propia investidura de la percepción amenazadora, o del proceso del ello estimado amenazador”, emitiendo angustia (p.57). La angustia puede ser de tres tipos (p. 56): angustia de muerte, angustia de objeto (realista) y angustia libidinal neurótica. La primera angustia se juega entre el yo y el superyó y tenemos noticias de su emergencia bajo dos condiciones análogas al desarrollo ordinario de la angustia: como reacción frente a un peligro exterior y como proceso interno, ejemplo: la melancolía. La angustia de muerte puede ser concebida, al igual que la angustia de la conciencia moral, como un procesamiento de la angustia de castración. Desarrollaremos el tema en su apartado correspondiente.

 BIBLIOGRAFIA

Freud, Sigmund (1923-1925). “El yo y el ello” [1923-25], en Obras completas, tomo XIX. Buenos Aires, Amorrortu. pp. 3-62.