resúmen: Blanca Estela Álvarez

Respecto del inconciente

J. Lacan (1966). Seminario 11: los cuatro conceptos fundamentales. Buenos Aires, Paidós.

Lacan sostiene que el inconciente está estructurado como un lenguaje. La naturaleza proporciona significantes, y estos organizan de manera inaugural las relaciones humanas, dándoles su estructura y modelándolas. La lingüística le da su status al inconciente y ella nos asegura que dicho término encierra algo calificable, accesible y objetivable.

El inconciente es el sujeto, en tanto alienado en su historia, donde la síncopa del discurso se une con su deseo. Esta estructura se ubica en una dimensión sincrónica en el plano de un ser, en la medida en que el inconciente puede recaer en el plano del sujeto de la enunciación. Según las frases, los modos, éste se pierde y se vuelve a encontrar. El inconciente afirma su enigma y habla en una interjección, en un imperativo, en una invocación, en un desfallecimiento. Se trata siempre de un sujeto indeterminado, se capta en la metonimia descarnada del discurso en algún punto inesperado. (J. Lacan, 1966:28-35).

 Los tres tiempos del Edipo

J. Lacan (1957-1958). “Los tiempos del Edipo (I) (II), en Seminario V: las formaciones del inconciente. Buenos Aires, Paidós. pp. 185-219

Metáfora paterna: es lo constituido de una simbolización primordial entre la madre y el niño. Es poner al padre como símbolo o significante en lugar de la madre.

En la triangulación niño-padre-madre se añade algo real que establece una relación simbólica que podemos convertirla en objeto y mirarla. La cuestión central del padre, no es sociológica sino su nombre de padre. Es importante que la mujer sancione en un significante que aquel con quien ha practicado el coito es el padre. La calificación del padre como creador es una posición simbólica.

El niño depende del deseo de la madre, de la primera simbolización de la madre y de ninguna otra cosa. Mediante la simbolización el niño desprende su dependencia efectiva de pura y simple vivencia del deseo de la madre, y se instituye algo que se subjetiva. Esta subjetivación consiste en establecer a la madre como aquel ser primordial que puede estar o no estar. En el deseo del niño este ser (madre) es esencial ¿qué desea el sujeto? (madre) se trata de la apetición de su deseo, no de sus cuidados ni del contacto.

De esta primera simbolización del deseo del niño se esbozan las complicaciones de la simbolización ulteriores. El deseo del niño es deseo del deseo de la madre, ser viviente en el mundo parlante donde el símbolo está presente. Esta simbolización le abre al niño la dimensión de algo distinto: el deseo de Otra cosa distinta (en la madre) que satisfacer mi propio deseo.

En esta simbolización primordial de aquella madre que va y viene, que se la llama y se la rechaza para poder volver a llamarla (Fort-Da), hay algo más que hace falta detrás de ella. Ese algo más es la existencia del orden simbólico del cual depende y que permite cierto acceso al objeto de su deseo, objeto marcado por la necesidad instaurada por el sistema simbólico: este objeto es el falo. Este objeto es privilegiado en el orden simbólico. La posición del significante del padre en el símbolo es fundadora de la posición del falo en el plano imaginario. El más allá del deseo del Otro-de la madre- se alcanza por mediación de la posición del padre en el orden simbólico.

El objeto del más allá del deseo de la madre es el falo y el niño tiene una determinada relación con él porque es el objeto de deseo de la madre; hay estados en los que se identifica con el falo, o como en la formas de perversión y travestismo, el niño mismo se identificará con la madre fálica o el falo escondido bajo las ropas de la madre.

La función del padre, en tanto priva a la madre del objeto de su deseo, especialmente del objeto fálico, desempeña un papel esencial. Se trata aquí de uno de los tres planos de la castración, frustración, privación ejercidas por el padre. Aquí el padre priva a alguien de algo que a fin de cuentas no tiene, que sólo tiene existencia como símbolo. Toda privación real requiere la simbolización. Es en el plano de la privación de la madre donde en un momento de la evolución del Edipo se plantea para el sujeto la cuestión de aceptar, registrar, simbolizar él mismo, de convertir en significante esa privación de la que la madre es objeto. El sujeto infantil acepta o rechaza esta privación.

El padre en su función de privador de la madre, se perfila como el que castra. Aquí lo que es castrado es la madre. La no aceptación de una madre privada por el padre del objeto de su deseo genera grados de configuración: neurosis, psicosis, perversión. La cuestión que se plantea en el sujeto es ser o no ser el falo.

Del complejo de castración depende estos dos hechos: que el niño se convierta en un hombre y que la niña se convierta en una mujer. La cuestión de tener o no tener se soluciona por medio de dicho complejo. Para ello se supone que ha de haber habido un momento en que no lo tenía (no se trata del pene). El complejo de castración coloca en primer plano el hecho de que , para tenerlo, primero se ha de haber establecido que no se puede tener, y en consecuencia la posibilidad de estar castrado es esencial en la asunción del hecho de tener el falo. Este paso se franquea con la intervención del padre.

El padre real capaz de establecer una prohibición entrará en juego como portador de la ley, como interdictor del objeto que es la madre. La función del Nombre del Padre está vinculada a la interdicción del incesto. El padre es portador de la ley de derecho, pero de hecho interviene de otra forma, más concreta, escalonada.

La ley de la madre por ser hablante, es una ley incontrolada. Esta ley está toda entera en el sujeto que la soporta, en el buen o mal querer de la madre, la buena o la mala madre. El niño empieza como súbdito, sometido al capricho de aquello de lo que depende, aunque este capricho sea articulado. Es la madre, la que fundamenta al padre como mediador de lo que está más allá de su ley y su capricho.

Primer tiempo

Lo que busca el niño es el deseo de deseo de su madre, ser el objeto del deseo de su madre. Introduce su demanda. En esta primera etapa el sujeto se identifica en espejo con lo que es el objeto del deseo de la madre. Es la etapa fálica primitiva. La instancia paterna en este tiempo aparece como velada, o todavía no se ha manifestado.

Segundo tiempo

En el plano imaginario, el padre interviene como privador de la madre, y esto significa que la demanda dirigida al Otro,  si obtiene el relevo conveniente, es remitida a un tribunal superior: el Otro del Otro. En este nivel la ley del padre vuelve sobre el niño como privadora de la madre. Lo que desprende al sujeto de su identificación se liga con el hecho de que la madre es dependiente de un objeto que el Otro tiene o no tiene. Lo decisivo de esta relación es la palabra del padre. El mensaje del padre es doble: al niño: no te acostarás con tu madre, y a la madre: no reintegrarás tu producto.

Tercer tiempo

De este tiempo depende la salida del complejo de Edipo. El falo, el padre ha demostrado que lo daba sólo en la medida en que es portador de la ley. De él depende la posesión o no por parte del sujeto materno de dicho falo. En este tiempo es preciso que lo que el padre ha prometido lo mantenga. Puede dar o negar porque lo tiene, pero ha de dar alguna prueba de que lo tenga al falo.

El padre todopoderoso es el que priva en el segundo tiempo, mientras que en el tercer tiempo, el padre puede darle a la madre lo que ella desea, y puede dárselo porque lo tiene. Aquí interviene el hecho de la potencia en el sentido genital de la palabra: un padre potente. La relación de la madre con el padre vuelve al plano real. La identificación que puede producirse con la instancia paterna se ha realizado en estos tres tiempos.

La salida del complejo de Edipo es favorable si la identificación con el padre se produce en este tercer tiempo, en el que interviene como quien lo tiene. Esta identificación se llama Ideal del yo. En el triángulo simbólico está: el niño, la realidad en el polo materno, el superyo en el lado del padre. Si el padre es internalizado como Ideal del yo el complejo declina.

La salida del Edipo para la mujer en esta tercera etapa es más simple. Ella no ha de enfrentarse con esa identificación, ni ha de conservar ese título de virilidad. Sabe dónde está eso y sabe dónde ha de ir a buscarlo, al padre. Y se dirige hacia quien lo tiene. Esto indica que la feminidad siempre tiene una dimensión de coartada, tiene algo de extravío.

En esta tercera relación el niño es desalojado de aquella posición ideal con la que él y la madre podrían satisfacerse, en la cual él cumple la función de ser su objeto metonímico. El niño se convierte en otra cosa: identificación.

El padre interviene en el acto del don. Por mediación del don o del permiso concedido a la madre, obtiene el permiso de tener un pene para más adelante: “tiene verdaderamente el título en el bolsillo” (p. 211)…

 autora: Blanca Estela Álvarez

Yo, superyó, ello

En la parte I a. se puntuó algunos aspectos relacionado con la primera tópica freudiana. Recordemos que la diferencia efectiva que Freud presenta entre una representación (una pensamiento) inconciente y una preconciente es que la primera se lleva a cabo en algún material no conocido, mientras que a la segunda se le añade la conexión representaciones-palabra. Entonces, ¿cómo algo deviene preconciente? “por conexión con las correspondientes representaciones-palabra” (Freud, 1923:22).

Las representaciones-palabra son restos mnémicos que pueden devenir concientes; estos restos de la palabra provienen de percepciones acústicas, dándole un origen sensorial para el sistema preconciente. El papel de las representaciones-palabra es de mediación, por ella los procesos internos de pensamiento se convierten en percepciones.

La segunda tópica freudiana lo integran el yo, superyo y ello. El yo se asienta como una superficie sobre un ello psíquico no conocido e inconciente (individuo), es decir el yo es la parte alterada por la influencia directa del mundo exterior, con mediación del preconciente; como representante de lo que puede llamarse razón y prudencia, al yo le es asignado el gobierno sobre los accesos a la motilidad; él es sobre todo una esencia-cuerpo: “no es sólo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una superficie” (p. 27).

Freud hace una distinción en el interior del yo y lo llama ideal-yo o superyó, y afirma que la sustitución que se produce en la melancolía (patología producida por causa de un objeto perdido imposible de aceptar que se erige en el yo) de una investidura de objeto por una identificación, participa en la conformación del yo y contribuye a la producción del carácter. El autor sostiene que en la fase primitiva oral es imposible distinguir investidura de objeto e identificación (p. 31); más tarde las investiduras de objeto partirán del ello, integrando las aspiraciones eróticas a las necesidades.

En la génesis del ideal del yo se esconde la identificación primera: identificación con los progenitores de la prehistoria personal. Por ende, el superyó no es un simple residuo de las primeras elecciones de objeto del ello, sino que tiene la significatividad de una enérgica formación reactiva frente a dichas elecciones. Su vínculo con el yo comprende la advertencia: “así (como el padre) debes ser”, y la prohibición: “así (como el padre) no te es lícito ser”, es decir “no puedes hacer todo lo que él hace” (p. 36). Esta doble faz del ideal del yo deriva de estar empeñado en la represión del complejo de Edipo. Al discernir en los progenitores el obstáculo para la realización de los deseos del Edipo, el yo infantil se fortalece erigiendo dentro de sí ese obstáculo.

El superyo sostiene Freud, conserva el carácter del padre y su génesis es el resultado de dos factores biológicos: el desvalimiento y dependencia durante la infancia y el complejo de Edipo: mediante la institución del ideal del yo, el yo se apodera del complejo de Edipo y simultáneamente se somete al ello. En consecuencia, el yo es representante del mundo exterior y el superyó es abogado del mundo interior (ello) y los conflictos que se establezcan entre ambos reflejarán la oposición entre lo real (mundo exterior) y lo psíquico (mundo interior) (p. 38).

El ideal del yo como formación sustitutiva de la añoranza del padre, contiene el germen a partir del cual se formaron las religiones. El sentir religioso de la humillación es resultado de un juicio sobre la propia insuficiencia en la comparación del yo y de su ideal. Los maestros, autoridades, retoman el papel del padre; sus mandatos y prohibiciones permanecen vigentes en el ideal de yo y ejercen como conciencia moral, la censura. El sentimiento de culpa se define como la tensión entre las exigencias de la conciencia moral y las operaciones del yo.

De los sentimientos sociales Freud dirá que éstos descansan en identificaciones con otros sobre un fundamento compartido que constituye el ideal del yo; nacen “en el individuo como una superestructura que se eleva sobre las mociones de rivalidad y celos hacia los hermanos y hermanas” (p. 39). Puesto que la hostilidad no se puede satisfacer, se establece una identificación con el rival.

Freud afirma que el yo se enriquece a partir de las experiencias de vida que le vienen de afuera, y el ello es su otro mundo que procura someter. Hay dos caminos posibles para que el contenido de éste último penetre en el yo: uno es directo y el otro es a través del ideal del yo. El yo hace posible que el ello experimente un destino exterior.

Existen tres servidumbres a los que el yo está sometido que generan amenazas de tres clases de peligro: de parte del mundo exterior, de la libido del ello y de la severidad del superyó. Como genuino almácigo de la angustia frente a la amenaza de las tres clases de peligro, el yo “desarrolla el reflejo de huida retirando su propia investidura de la percepción amenazadora, o del proceso del ello estimado amenazador”, emitiendo angustia (p.57). La angustia puede ser de tres tipos (p. 56): angustia de muerte, angustia de objeto (realista) y angustia libidinal neurótica. La primera angustia se juega entre el yo y el superyó y tenemos noticias de su emergencia bajo dos condiciones análogas al desarrollo ordinario de la angustia: como reacción frente a un peligro exterior y como proceso interno, ejemplo: la melancolía. La angustia de muerte puede ser concebida, al igual que la angustia de la conciencia moral, como un procesamiento de la angustia de castración. Desarrollaremos el tema en su apartado correspondiente.

 BIBLIOGRAFIA

Freud, Sigmund (1923-1925). “El yo y el ello” [1923-25], en Obras completas, tomo XIX. Buenos Aires, Amorrortu. pp. 3-62.